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Su familia es más importante que el trabajo o el éxito

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Por Fernando Alexis Jiménez

¿Servir a Dios de manera incansable, necesariamente puede hacerse aún a costa de la familia? Esta pregunta quizá pasó por nuestros pensamientos alguna vez. Recuerde a una bien intencionada mujer que sólo veía a su marido los fines de semana.

Él llegaba al caer la tarde del sábado y se iba al caer la tarde del domingo. No obstante, la hermana en la fe estaba desde primera hora en el culto dominical, servía el almuerzo en casa y a las dos de la tarde se iba con nosotros a predicar en las calles.
No descuides a tu marido”, le recomendaban otras integrantes de la congregación. La respuesta invariable de ella era bíblica: “Quien sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado (Santiago 4:17)”.
El problema es que no pasaron dos años antes que el matrimonio estuviera fracturado. No hubo forma de restablecerlo.
¿Tuvo Dios culpa en el fracaso de la relación? Sin duda que no. Pese a ello, la joven mujer quedó amargada. Se lamentaba de que el Señor no hubiese intervenido oportunamente. “Me habría evitado este dolor”, decía.
Su caso no es el único. Infinidad de líderes cristianos se ven confrontados con una situación similar. Dedican todo el tiempo de mayor productividad a las actividades eclesiales, pero descuidan a su familia.

¿De qué sirven los logros?

Un hombre al que conocí en un funeral se lamentaba por la decisión de su hijo—de 22 años—de suicidarse. El muchacho consumió una sustancia que acabó con su vida. “¿De qué me sirve todo lo que conseguí para heredarle, si Miguel no está con nosotros”, se quejaba.
La situación se tornaba más dramática porque la esposa lo culpaba de dejarlos solos. “Nunca te ocupaste de él”, le recriminaba. El joven era hijo único.
Por supuesto, no es el único caso. Pensar en esa escena debe llevarnos a evaluar cómo estamos nosotros. ¿El trabajo está primero que la familia?¿Quizá lo es el servicio en la iglesia? A qué le concedemos mayor prelación.
El profeta Moisés encarna la vida de un buen siervo de Dios, pero cuando leemos sobre su vida, encontramos que “tuvieron que llevarle la familia al trabajo”. Esa tarea la cumplió su suegro Jetro.
¿Desea que miremos el pasaje bíblico? Observe cuidadosamente: “Jetro, el suegro de Moisés y sacerdote de Madián, se enteró de todo lo que Dios había hecho por Moisés y por su pueblo, los israelitas; y oyó particularmente cómo el Señor los había sacado de Egipto. Anteriormente, Moisés había enviado a su esposa Séfora y a sus dos hijos de regreso a casa de Jetro, y él los había hospedado. (El primer hijo de Moisés se llamaba Gersón,  porque cuando el niño nació, Moisés dijo: «He sido un extranjero en tierra extraña». A su segundo hijo lo llamó Eliezer,  porque dijo: «El Dios de mis antepasados me ayudó y me rescató de la espada del faraón»). Así que Jetro, el suegro de Moisés, fue a visitarlo al desierto y llevó consigo a la esposa y a los dos hijos de Moisés. Llegaron cuando Moisés y el pueblo acampaban cerca del monte de Dios. Jetro le había enviado un mensaje a Moisés para avisarle: «Yo, tu suegro, Jetro, vengo a verte, junto con tu esposa y tus dos hijos». Entonces Moisés salió a recibir a su suegro. Se inclinó ante él y le dio un beso. Luego de preguntarse el uno al otro cómo les iba, entraron en la carpa de Moisés.”(Éxodo 18:1-7. NTV)
Es evidente que Dios utilizaba poderosamente a Moisés. Cumplió un papel histórico de suma trascendencia para el pueblo hebreo. Era fiel al Señor y a la misión a la que le llamó el Creador. Pero, ¿qué de la familia?
La esposa –Séfora—y sus dos hijos estaban en la casa de sus padres. ¿Era ése el lugar que les correspondía? Sin duda que no. Y fue el suegro quien los trajo hasta Moisés. Ahora, piense por un instante que se trate hoy de un pastor, líder de iglesia o empleado secular. ¿Su lugar prioritario es el trabajo o con su familia, agotadas las ocho hornas normales de jornada laboral? Es cierto, el ministerio no tiene horario, pero sí debemos poner límites y no descuidar al cónyuge y los hijos.
Viene bien hacer periódicos balances respecto a cómo anda nuestra relación en el hogar, la cantidad y calidad de tiempo que les brindamos a nuestros familiares, especialmente de casa, y aplicar los correctivos a los que haya lugar. Cuando nos decidimos a cambiar, todo el panorama alrededor cambia. Y en ese proceso de transformación, Dios nos ayuda. Nos toma de Su mano poderosa y nos lleva por el camino apropiado.

Retomando el liderazgo familiar

Cuando un hombre o una mujer tienen éxito, su ascenso al poder debe ser evaluado. No dudamos que haya logrado subir cada escalón con mucho esfuerzo, pero también, es probable que conforme iba ascendiendo, comenzó a sacrificar tiempo de calidad con su familia, tiempo para el sano esparcimiento, tiempo con los amigos y tiempo con Dios.
Llegar a la cima demanda inspiración y transpiración, y en ocasiones, la transpiración implica olvidarnos de vivir, renunciar a lo más valioso: nuestro cónyuge, nuestros hijos y nuestras amistades.
Cuando su suegro le llevó al desierto a la esposa y los dos hijos, en la escena que relata el libro del Éxodo, capítulo 18, leemos que Moisés llamó a Jetro aparte y con el entusiasmo propio de quien ha triunfado, le contó cómo le había ido en los últimos años, la forma sobrenatural como el Señor se había manifestado y los planes que tenía. No hizo mención de su familia, pero ¡estaba contento de cumplir con la misión!
Le invito a considerar un pasaje interesante de la Biblia que habla de los éxitos del más grande profeta de la antigüedad: “Moisés le contó a su suegro todo lo que el Señor les había hecho al faraón y a los egipcios a favor de Israel. También le habló de todas las privaciones que habían sufrido a lo largo del camino y de cómo el Señor había librado a su pueblo de las dificultades.  Jetro se alegró mucho al oír de todo el bien que el Señor había hecho por Israel al rescatarlo de las manos de los egipcios. «¡Alabado sea el Señor! —exclamó Jetro—. Pues los rescató de los egipcios y del faraón. ¡Así es, rescató a Israel del poder de Egipto!  Ahora sé que el Señor es más grande que todos los demás dioses, porque rescató a su pueblo de la opresión de los egipcios arrogantes». Luego Jetro, el suegro de Moisés, presentó una ofrenda quemada y sacrificios ante Dios. Aarón y todos los ancianos de Israel lo acompañaron a comer lo que fue ofrecido en sacrificio en presencia de Dios.”(Éxodo 18:8-12. NTV)
No podemos negar que Moisés estaba motivado por la pasión hacia el cumplimiento de su deber. Es a Moisés a quien usted ve en el vecino que sale muy temprano hacia el trabajo pero llega muy avanzada la noche; es a Moisés a quien usted aprecia en el líder de la Iglesia que no tiene otra ocupación que servir, servir y servir; es a Moisés a quien puede ver en nuestro tiempo actual yendo a los estrados judiciales para divorciarse…
De nuestro lado muchos se irán. Bien porque se hayan peleado con nosotros, porque no compartan nuestros planes y proyectos, porque tienen una forma diferente de trabajar o sencillamente porque quieren irse. Los últimos que se irán, y lo más probable es que no lo hagan, son los miembros de nuestro círculo familiar. Si tenemos claro este panorama, bajo ninguna circunstancia podemos descuidarlos. Debemos prodigarles cuidado, amor, disposición de ayudarles cualquiera sea la necesidad y acompañamiento en todo momento: en las épocas de gloria pero también en las de fracaso.
Sólo cuando lo hacemos, tenemos ganado el derecho de disfrutar nuestros triunfos. Jamás olvide que sin una familia sólida, edificada bajo principios y valores aprendidos de nuestro amado Dios, el éxito puede ser igual a la derrota. Y es una Lección sencilla que aprendemos al meditar en la vida y ministerio de Moisés.

¿Por qué llevar a casa toda la carga del trabajo?

¿Cree usted que echarse la carga encima de todo el trabajo en una oficina, en una iglesia, en una factoría o donde quiera que se desenvuelva, le hará llegar a la cima? Sin duda que no. Lo más probable es que termine emproblemado, bien porque lo dejen solo cuando surjan dificultades o porque—sencillamente—todos se tranquilicen al saber que usted está a cargo, y decidan no hacer nada.
Cuando nos apropiamos de todo lo que se debe hacer en un lugar, allí donde laboramos o prestamos un servicio, terminamos resintiendo nuestra salud, acumulando preocupaciones, acariciando altos niveles de estrés, y lo más grave: sacrificando la relación de pareja y con los hijos.
El profeta Moisés era un hombre exitoso en su ministerio, en el trabajo que realizaba, guiando a las multitudes y, por supuesto, sería recordado por generaciones enteras. No obstante Jetro—su suegro—debió llevarle hasta el desierto a Séfora—la esposa—y a sus dos hijos. Jetro le llevó a entender que el lugar que le correspondía a la familia, era con el esposo.
Pero hay otro dato revelador de Moisés que le invito a tener en cuenta: “Al día siguiente, Moisés se sentó para oír los pleitos que los israelitas tenían unos con otros. Y el pueblo esperó a ser atendido delante de Moisés desde la mañana hasta la tarde. Cuando el suegro de Moisés vio todo lo que él hacía por el pueblo, le preguntó: —¿Qué logras en realidad sentado aquí? ¿Por qué te esfuerzas en hacer todo el trabajo tú solo, mientras que el pueblo está de pie a tu alrededor desde la mañana hasta la tarde? Moisés contestó: —Porque el pueblo acude a mí en busca de resoluciones de parte de Dios.  Cuando les surge un desacuerdo, ellos acuden a mí, y yo soy quien resuelve los casos entre los que están en conflicto. Mantengo al pueblo informado de los decretos de Dios y les transmito sus instrucciones. —¡No está bien lo que haces! —exclamó el suegro de Moisés—. Así acabarás agotado y también se agotará el pueblo. Esta tarea es una carga demasiado pesada para una sola persona.  Ahora escúchame y déjame darte un consejo, y que Dios esté contigo. Tú debes seguir siendo el representante del pueblo ante Dios, presentándole los conflictos.  Enséñales los decretos de Dios; transmíteles sus instrucciones; muéstrales cómo comportarse en la vida.  Sin embargo, elige, de entre todo el pueblo, a algunos hombres con capacidad y honestidad, temerosos de Dios y que odien el soborno. Nómbralos jefes de grupos de mil, de cien, de cincuenta y de diez personas. Ellos tendrán que estar siempre disponibles para resolver los conflictos sencillos que surgen entre el pueblo, pero los casos más graves te los traerán a ti. Deja que los jefes juzguen los asuntos de menor importancia. Ellos te ayudarán a llevar la carga, para que la tarea te resulte más fácil.”(Éxodo 18:13-22. NTV)
Piense por un instante cuánto agradaría a su familia que les dedicara más tiempo, el mismo trabajo que hoy dedica al trabajo. Puedo asegurarle que modificar una hora --que invierte hoy en el ministerio o en la ocupación secular que desempeña—para orientarla a su cónyuge y a sus hijos, les hará mucho bien.
Y digo que una hora, porque en ocasiones procuramos hacerlo todo nosotros, no delegamos, y dejamos de lado la posibilidad  de estar—esa hora de la que le hablo—con nuestros seres queridos en casa.
No somos indispensables, Dios es el único indispensable. Si nosotros el mundo no caerá a pedazos. Pero puedo asegurarle una cosa: Nuestras ausencias en casa llegará el momento en que tendrán su efecto negativo y nos pasarán cuenta de cobro cuando los hijos crezcan y la relación de pareja se haya deteriorado.
Hoy es el día para imprimir cambios en nuestra vida personal y espiritual con ayuda de Dios. No solo podemos lograrlo sino además, avanzar significativamente cada nuevo día. Le aseguro que no se arrepentirá. Prendidos de la mano de Jesús el Señor, vamos camino a la victoria. Y si aún no lo ha recibido como Señor y Salvador, hoy es el día para que tome la mejor decisión de su existencia. ¡No se arrepentirá jamás de esa determinación!


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